Hechos 3:1-16
EL SALTO QUE HACE LA DIFERENCIA
“¿O por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a este?”. Hechos 3:12
La sanidad del hombre cojo que solía sentarse a la puerta del templo causó un verdadero impacto. Todos lo conocían como aquel que siempre pedía ayuda, pero ese día algo cambió. De pronto, aquel que nunca había caminado entró saltando al templo, alabando a Dios, completamente transformado. Era un milagro visible innegable, y toda la multitud se agolpó para ver qué había pasado.
Pedro, lejos de aprovechar el momento para ganar admiración, aprovechó la oportunidad para aclarar lo ocurrido. Él sabía que el poder no era suyo, ni de Juan, ni de ningún apóstol. No se trataba de talentos humanos ni de espiritualidad extraordinaria. Era Cristo. El mismo Jesús que había sido crucificado y resucitado era quien había sanado a ese hombre.
En tiempos donde es tan fácil poner la mirada en personas que buscan protagonismo este pasaje nos recuerda que toda la gloria pertenece a Cristo. No necesitamos apóstoles con reflectores ni creyentes que busquen reconocimiento. Lo que el mundo necesita son testigos humildes que, como Pedro, aprovechen cada oportunidad para dirigir las miradas al verdadero Salvador. Pedro no buscaba fama ni admiración; buscaba una oportunidad para hablar de Jesús. Y ese sigue siendo el papel de la iglesia hoy: ser un canal, no el centro. El mismo poder que obró en aquel hombre cojo sigue actuando en quienes creen en el nombre de Cristo.
Señor, líbranos de buscar reconocimiento mientras cumplimos con nuestra labor como siervos tuyos. Que toda la gloria y honra sean para ti. En Cristo Jesús, Amén.