Hechos 2:36-47
EL EVANGELIO SIEMPRE ABRE UNA PUERTA
“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo”. Hechos 2:36
¡Qué manera de terminar el primer sermón de la iglesia cristiana! Pedro no suaviza su mensaje ni busca agradar a su audiencia. Habla con valentía y poder, declarando que aquel Jesús que ellos rechazaron y llevaron a la cruz ha sido exaltado por Dios como Señor y Mesías. Resulta asombroso que quien pronuncia estas palabras sea el mismo Pedro que, pocas semanas antes, había negado conocer a Jesús por miedo.
¿Qué cambió a este discípulo temeroso en un testigo tan valiente? Dos cosas: vio a Cristo resucitado y fue lleno del Espíritu Santo. Y esas mismas dos realidades siguen siendo hoy la fuente de poder y esperanza para la iglesia. Ver al Cristo resucitado —por medio de la fe— y experimentar el poder del Espíritu es lo que transforma a creyentes comunes en testigos extraordinarios.
Pero el mensaje de Pedro no termina con acusación ni condena. Aun para quienes participaron directamente en la crucifixión de Jesús, Pedro ofrece gracia y perdón. El evangelio siempre abre una puerta. Lo que comenzó con culpa y tristeza termina en restauración y vida nueva. Pedro no predica solo para señalar el pecado, sino para anunciar que la gracia de Dios triunfa sobre la desgracia humana. Ese día, miles creyeron, y una nueva comunidad nació: una iglesia viva, humilde y llena del Espíritu, lista para extender la buena noticia del Reino.
Gracias Señor, por darnos de tu divina gracia. Hazme un testigo humilde y fiel de Jesús que lleve lleve las buenas nuevas de salvación al necesitado. En Cristo Jesús, Amén.