Lucas 7:36-50
LO QUE JESÚS CONOCE
“Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora”. Lucas 7:39
¿Puede imaginar una falta de hospitalidad más grande que la de este fariseo? Después de hacer todo lo posible para que Jesús viniera a su casa, se sentara a su mesa y compartiera con él, no se preocupó ni siquiera por las cortesías más básicas. No le lavó los pies —como era la costumbre— ni proporcionó agua para que Jesús lo hiciera. Mucho menos se detuvo a mostrarle un gesto que reflejara la grandeza de Aquel que estaba frente a él.
Pero la falta no era solo externa. Jesús percibió algo más profundo: Simón tampoco tenía un lugar para Él en su corazón. Sus pensamientos, aunque silenciosos, fueron expuestos por el Maestro. Y en ese instante quedó claro: Simón no invitó a Jesús por convicción, ni porque reconociera su necesidad espiritual… lo invitó por curiosidad, por apariencia, quizá por interés social. Pero no por amor.
Y en ese escenario irrumpe una mujer de mala fama, quien —sin palabras— hace todo lo que Simón no hizo. Lava los pies del Señor con lágrimas. Los seca con su cabello. Los unge con perfume. ¿Por qué? Porque al que mucho se le perdona, mucho ama. Simón no pudo dar amor porque nunca reconoció cuánto necesitaba ser perdonado. Y esa es una verdad que nos alcanza a todos: nadie puede dar lo que no tiene.
¿Qué lugar tiene Jesús en tu vida? ¿En tu corazón? ¿En tu casa? ¿Lo tratas como un invitado ocasional… o como el Señor que merece tu amor, tu entrega y tu adoración?
Abre mis ojos, Señor, para ver el perdón que me has otorgado. Enséñame a amarte y a vivir con gratitud hacia ti, reconociendo siempre lo que has hecho por mí. Amén.