Jeremías 3:1-5
CÓMO CAMBIAN LOS HIJOS
“Hace poco me decías: Padre mío, amigo de mi juventud”.
Jeremías 3:4
¡Qué hermoso es cuando una relación entre padres e hijos puede ser tan cercana! Quienes han experimentado una confianza así en la familia saben que ésta es una de las mayores satisfacciones que disfrutamos en la vida. Pero aun, con todas las alegrías que una relación así brinda, también puede producir conflictos y enemistades que dejan una cicatriz perdurable en el corazón.
Esa dolorosa experiencia sirve para ilustrar la relación entre Dios y su pueblo. En tiempos atrás esa relación vivió momentos memorables, pero ahora lo que hay es un profundo distanciamiento espiritual. Y aun cuando Israel se dirige a Dios como Padre y como amigo, su estilo de vida pecaminoso impide un acercamiento genuino a Dios. Pero qué importante es que aceptemos la invitación de acercarnos arrepentidos a Dios, porque él cumplirá su promesa de sanar nuestras rebeliones (Jer. 3:22).
No es fácil reparar una relación cuando algo así ocurre en un hogar. Es primordial reconocer que ambos cometemos errores y estar dispuestos a buscar el perdón y la reconciliación en lugar de aferrarnos a los resentimientos y la enemistad. Esto requiere de una comunicación abierta que fomente un entorno cómodo para compartir tiempo, pensamientos, sentimientos y preocupaciones. Y estamos seguros que el Dios reconciliador permitirá reconstruir la confianza y fortalecer la relación.
Bendito Dios, concede que mi hogar refleje la relación que tú esperas entre padres e hijos. Ayúdame a comportarme como un verdadero hijo tuyo. Por tu Hijo, te lo pido, Amén.