Juan 1:19-34
EL CORDERO SALVADOR
“¡Miren, ése es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”.
Juan 1:29
La venida de Jesús a este mundo no fue algo imprevisto ni sin ser anunciada. Juan el Bautista fue el profeta a quien Dios llamó para preparar el camino al Mesías. Él dejó claro que él no era el Mesías y que ni siquiera era digno de desatar las correas de las sandalias del Ungido de Dios. El Mesías era más grande que él, dijo Juan, porque él bautizaría a su pueblo con Espíritu Santo y fuego (ver Lucas 4:16).
Pero de todas las declaraciones de Juan, esta fue la más directa: “¡Miren, ése es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”. Todos los rituales del Antiguo Testamento apuntaban al Mesías, el gran libertador que había de venir, y ahora Juan identifica a Jesús como este Ungido prometido. Jesús es el Cordero inmaculado que quitaría todo nuestro pecado.
Dios dio a su propio Hijo a morir para que podamos vivir, porque no había forma de que pudiéramos salvarnos a nosotros mismos. Jesús es el Cordero de Dios, provisto por Dios, para ser inmolado y así cumplir la ley de Dios por nuestro bien. Dios puso sobre él la iniquidad de todos nosotros. Él fue herido y traspasado por nuestras transgresiones (Isaías 53:5-6). Él llevó la carga de nuestros pecados en la cruz. Murió por nuestros pecados. Pagó toda la deuda que teníamos. Y nos reconcilió con Dios, dándonos perdón y vida eterna.
Señor, gracias por ayudarnos a ver y creer que podemos ser salvos del pecado y la muerte, y que esto es posible sólo a través de Cristo. Alabamos tu nombre y damos gracias en él. Amén.