Lucas 2: 1-7
UNA CUNA PARA EL MESÍAS
“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre…”
Lucas 2:7
He escuchado sermones que me han desafiado con la pregunta de si tengo más espacio en mi corazón para Jesús que la pareja que tenía la posada de Belén. Pero las Escrituras ni siquiera mencionan a un esposo y una esposa que fuesen dueños de la posada. En realidad, he llegado a pensar que la oferta del establo no nació de la insensibilidad sino de la bondad. Tal vez el dueño del mesón pensó que permitir que una mujer embarazada se quedara allí era mejor que dejarla dar a luz en algún lugar fuera.
Lucas no menciona a un posadero o incluso a un establo. Pero sí menciona un pesebre tres veces (Lucas 2:7, 12, 16). El pesebre importa. ¿Por qué? La clave se encuentra en Isaías 1:3: “El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento”. Isaías se queja de que el pueblo de Dios era menos consciente de su verdadero dueño que los animales de granja. Éstos, por lo menos, reconocen al granjero cuando viene a apilar heno en su pesebre para su próxima comida.
Pero la ignorancia de Israel estaba a punto de cambiar. En el nacimiento de Cristo, los pastores vinieron y descubrieron el verdadero pesebre de su Señor. Se reunieron ante aquel que es el verdadero pan del cielo, el que alimenta a todos los que tienen hambre y sed de justicia. ¿Has venido al pesebre, donde se puede satisfacer tu hambre?
Dios nuestro, tenemos hambre que no se puede satisfacer mediante nuestros propios esfuerzos. ¿Quién puede alimentarnos sino Cristo? Él es el verdadero pan del cielo. En su nombre, Amén.