Salmo 34:11-18
FELICIDAD Y RECONCILIACIÓN
“Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos”. Mateo 5:9
El conflicto parece ser una realidad difícil de esquivar. Ni siquiera los protocolos y acuerdos de paz aseguran una sociedad libre de rivalidades y tensiones entre naciones. Los hogares, que deberían ser espacios donde se respira la armonía y la convivencia, a menudo se convierten en cuarteles de guerra. En nuestras ciudades la violencia se ha apoderado de las calles y hasta en el deporte que debería ser una fuente de entretenimiento las agresiones ocurren con frecuencia.
Los cristianos tenemos un llamado bastante elevado: en una sociedad que cava abismos cada vez más profundos en las relaciones, estamos llamados a construir puentes de acercamiento. Jesús dijo: “bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Dios” (RV60). Hemos recibido de Dios el precioso ministerio de la reconciliación. Somos embajadores suyos por la paz. En lugar de sembrar conflictos, debemos luchar por el mutuo entendimiento y comprensión. En lugar de poner a una persona contra la otra, deberíamos unirlos. En lugar de sembrar discordia, debemos trabajar para sanar las relaciones.
Es cuando somos agentes de paz que encontramos la felicidad. Es cuando somos pacificadores que somos reconocidos como hijos de Dios. El monumento de la felicidad no se construye con odio, sino que encuentra sus cimientos en el amor mutuo.
Dios de amor, solo tu gracia puede restaurar la paz y traer el perdón. Sé que a menudo sufro por la ruptura en mis relaciones. Ayúdame a ser un agente de paz. Por Cristo, amén.