Deuteronomio 33:24-29
FELICIDAD, MARCA DEL CRISTIANO
“Dichoso tú, Israel, ¿quién se te puede comparar? El Señor mismo te ha salvado; él te protege y te ayuda, ¡él es tu espada victoriosa!”.Deuteronomio 33:29
El pueblo de Dios es un pueblo feliz, muy feliz. Si usted forma parte de él debe tener, sin duda, motivos de sobra para sentirse gozoso. Y si cree no tenerlos, y a veces mira con envidia a quienes no pertenecen al pueblo de Dios, es bueno que escuche con atención las palabras de Moisés. Antes de terminar su último libro, y antes de abandonar este mundo, él quiere que recordemos lo privilegiado que somos de formar parte de este pueblo: “Dichoso tú, Israel, ¿quién se te puede comparar? El Señor mismo te ha salvado”.
Es un pueblo feliz porque fue elegido por Dios desde la eternidad. Es feliz porque es objeto del cuidado amoroso de Dios en todas las circunstancias. Es feliz porque además de las bendiciones de la gracia común, se conforma de personas salvadas por el Señor. La salvación es el mayor de todos los dones. Es un don de consecuencias eternas. Es un regalo caro que todo el oro de la tierra no podría comprar.
Este don le costó a Dios algo muy valioso; costó la vida de su Hijo. Y aunque este es el caso, Dios nos da la salvación como un regalo gratuito. No hacemos nada para conquistarla, ni hay en nosotros algo para merecerla. Dios se complace en obsequiarla. Esta es la bendita gracia. Es un favor inmerecido. Es amor sin igual. La felicidad del pueblo de Dios radica en esta verdad capital: ¡somos salvados por el Señor!
Alabado sea tu nombre, oh, Dios, porque a ti pertenece mi salvación, la razón más grande y excelente del gozo que hay en mí. Te agradezco por todo. En el nombre de Jesús, Amén.