02 de marzo del 2023
Salmos 3:1-8
¡PARECE UNA PESADILLA!
“Señor, muchos son mis enemigos, muchos son los que se han puesto en contra mía”. Salmos 3:1
Muchos tratan de ser del agrado de todos, pero la gente cambia de un momento a otro. Lo que antes veían en ti como una virtud, ahora lo ven como un desperfecto o una amenaza. Las persecuciones tienden a derribar los pedestales sobre los cuales nos habían colocado, haciendo que nos sintamos miserables. El gran rey David también sufrió persecución. Se hubiera sentido deprimido y sin salida bajo el dominio de sus enemigos, de no ser por su intimidad con el Señor. Él sabía que tenía a alguien que lo amaba en todo momento, aun cuando el Señor tenía que reprenderle y disciplinarle. Dios era su amigo fiel bajo cualquier circunstancia. Luego de clamar por ayuda al Señor, su corazón se tranquiliza, diciendo: “Pero tú, Señor, eres mi escudo protector, eres mi gloria eres quien me reanima” (v.3). Y lo reitera de nueva cuenta al final del salmo: “Me acuesto y duermo, y vuelvo a despertar, porque el Señor me da su apoyo. No me asusta ese enorme ejército que me rodea dispuesto a atacarme” (v.5,6). La fortaleza espiritual de David venía de su comunión con Dios. Este Dios puede librar nuestra alma de la muerte, nuestros pies del resbaladero y hacernos caminar ante su presencia. Nuestra confianza es esta: “Tú, Señor, eres quien salva; ¡bendice, pues, a tu pueblo!” (v. 8).
Señor, quiero agradecerte porque mi confianza está en ti, mi roca firme. No dejes que me agite y desespere. En el nombre de Jesús, amén.
Las crisis que nos llegan al alma son gigantescas. Presiones externas y temores in- ternos conspiran en nuestra contra sin cesar. Vivimos acosados por amenazas reales y también por amenazas ficticias. La vida no se da sin dolor. Nuestros caminos no están llenos de flores. No pisamos alfombras de terciopelo. Nuestra jornada se da por caminos espinosos. Sangran nuestros pies. Nuestra alma se arquea afligida. Nuestro cuerpo tiembla. Nuestras lágrimas revientan en nuestros ojos. Nos sentimos frágiles e impotentes, a veces, incluso sin fuerzas para seguir. En esos momentos necesitamos consuelo. No el consuelo superficial que viene de la tierra, sino el consuelo robusto que emana del cielo. Esta serie de reflexiones está basada en mi experiencia en el ministerio de consolación. Escribo desde el calor de la batalla, donde la gente llora, sangra y desesperadamente tiene que oír una palabra de esperanza. ¡Lee este devocionario con la sed del alma y recibe, también, un mensaje de consuelo!
Eleny Vassão
Sirve de capellán en un hospital. Es escritora, conferencista, y directora del Consejo Presbiteriano de capellanes.