Jonás 1:4-16
LA SUERTE DE JONÁS
“Venid y echemos suertes, para que sepamos por causa de quién nos ha venido este mal. Y echaron suertes, y la suerte cayó sobre Jonás”. Jonás 1:7
La suerte cayó sobre Jonás. No sabemos que método usaron los marineros para llegar a esta conclusión, pero si hubieran tirado unos dados, siempre hubieran apuntado a Jonás. Y no podemos llamarle mala suerte. Es Dios quien anda en busca de su siervo desobediente. Él le había dado una orden a Jonás, que consistía en ir a predicar a una ciudad llamada Nínive, pero éste no lo hizo. Por eso, aquella tormenta no era una casualidad ni mera coincidencia.
La única solución es la que Jonás misma les indica: “Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará; porque yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros”. En esta recomendación se encuentra en forma resumida el corazón del evangelio. Es el principio que explica la muerte de Cristo en la cruz: es necesario que alguien muera para que otros se salven.
En el caso de Jonás este principio se encuentra expuesto de forma rudimentaria. Decimos esto, porque a diferencia de Jesús, Jonás era culpable. ¡Hasta los dados lo sabían! Además, Dios utilizó medios extraordinarios para salvar la vida de Jonás. No es que estuviera de suerte; es que Dios se compadeció de él. En cambio, la muerte de Jesús era necesaria. Él sí tenía que dar su vida por todos nosotros. Y es por medio de su muerte que él evita que nosotros seamos lanzados al lago de fuego y a la condenación eterna.
Bendito Dios, te doy gracias porque en Cristo hay salvación. Ayúdame a recordar siempre el inmenso valor de su sacrificio. En su nombre, amén.