Deuteronomio 4:32-40
LA VOZ DE DIOS
“¿Existe algún pueblo que haya oído, como ustedes, la voz de Dios…?” Deuteronomio 4:33
Imagina el amargo silencio de un amigo después de una discusión; el silencio doloroso de una hija en coma; el silencio interminable después de la muerte del cónyuge. ¡Debe ser devastador! Necesitamos escuchar la voz de los demás, incluso de los decepcionados o enojados, o terminaos por derrumbarnos. El pueblo de Israel vio las asombrosas obras de Dios y escuchó su potente voz desde el Monte Sinaí, y tembló de temor. Ninguna otra gente había escuchado tal discurso; ningún otro pueblo había experimentado así a Dios. Muy simple, no hay otro como él.
Lamentablemente, hay otras voces que intentan distraernos de escuchar a Dios. El tentador usa todo tipo de triquiñuelas para hacernos dudar, desconfiar y rebelarnos contra el Señor. Esto le sucedió hace mucho tiempo a Israel en el desierto, y nos sucede a nosotros hoy. Somos tentados fácilmente a quejarnos, criticar y llenarnos de orgullo, pensando que merecemos más de la vida. Pero el Señor es todo lo que necesitamos, y Él se ocupa de todas nuestras necesidades, y nos bendice con abundancia.
Pero Dios nos ama tanto y, por eso, irrumpe en nuestro silencio, hablándonos a través de su Palabra, y especialmente a través de Jesucristo. En el silencio de nuestra soledad tal vez sea lo que estamos esperando, pero no hay otro discurso verdadero. Escuchemos la voz de Dios hoy y vivamos para siempre.
“Señor, háblame para que yo pueda hablar. Ayúdame a escucharte, en Jesús, amén.