Apocalipsis 21:1-8
EL DÍA EN QUE TERMINÓ LA GUERRA
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”. Apocalipsis 21:4
Vaya lista. Aunque parece negativa, en realidad está llena de luz. Porque nos muestra, con claridad, todo aquello que un día ya no existirá. Todo lo que ha marcado nuestra vida aquí, todo lo que ha hecho el camino más difícil, habrá desaparecido. Para muchos, estas cosas han sido el pan de cada día: el dolor constante, la pérdida, el cansancio del cuerpo y del alma.
Tal vez usted pueda imaginarlo en algo concreto: una caja llena de medicinas que ya no será necesaria, un cuerpo limitado que ya no dolerá, una noche larga que ya no volverá. Ya no habrá nada de eso. Y no solo porque el mal habrá sido derrotado, sino porque Dios mismo hará algo profundamente personal: enjugará toda lágrima. Qué imagen. Es Dios restaurando y sanando. Todo aquello que fue consecuencia de la caída ya no tendrá lugar. Porque la guerra habrá terminado.
¿Hay lugar para usted en ese día? La Biblia dice que sí. Hay una invitación abierta y urgente: “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apo. 3:17). Es para todo aquel que reconoce su necesidad. Por eso, le pregunto, ¿vendrá usted a Cristo? ¿recibirá su gracia o seguirá caminando sin ella? Porque ese día glorioso llegará
y en él ya no habrá guerra. Pero hoy todavía hay una invitación.
Vengo delante de ti, Oh Cristo, para entregar mi vida a tu servicio. Espero con gozo el día en que me reuniré contigo, en la casa de nuestro Padre. Amén.