Lucas 4:16-30
UN JUICIO PRECIPITADO
“Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira… y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle”. Lucas 4:28-29
El rechazo duele. Y aunque puede venir de cualquier parte, hiere más cuando proviene de quienes deberían abrazarnos: nuestra familia, nuestra comunidad, nuestra propia gente. A Jesús le ocurrió así. En su tierra. Entre los que lo habían visto crecer. En pleno día de reposo.
Al ponerse de pie en la sinagoga y afirmar que las profecías de Isaías se estaban cumpliendo en Él, la reacción fue confusa. ¿Mesías? ¿Él? ¿El hijo del carpintero? Lo conocían demasiado bien para tomarlo en serio. Pero Jesús conocía los corazones. Sabía que muchos esperaban un Mesías guerrero, un libertador nacionalista. Sabía que no estaban preparados para una gracia que abrazara también a los extranjeros, a los indeseables, a los que vivían fuera de los límites que ellos consideraban aceptables.
Y entonces lanzó la verdad que no querían escuchar: habló de Elías y la viuda de Sarepta… de Eliseo y Naamán, el sirio. Dos actos de gracia fuera de Israel. Fue demasiado. La admiración se transformó en ira. Las palabras de gracia se volvieron insoportables. Lo expulsaron de la sinagoga, lo llevaron al borde del monte y quisieron matarlo. Pero Jesús pasó entre ellos… y siguió su camino. Así que, cuando el rechazo toque nuestra vida —como tocó la de Jesús— recordemos que no caminamos solos: el mismo Señor que atravesó la multitud sigue caminando con nosotros hoy.
Jesús, no permitas que el rechazo del mundo me desanime. Tómame de la mano y ayúdame a caminar a tu lado. Amén.