Lucas 5:1-11
LA BENDICIÓN QUE DOBLEGA
“Y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Lucas 5:10
¿No le parece curiosa la reacción de Pedro después de la “pesca milagrosa”? Él acaba de vivir la mejor pesca de su vida. Y esto después de una noche entera de frustración. Una noche en la que un pescador experimentado como él no pudo mostrar ni un solo pez para aliviar su vergüenza. Pero ahora, a la simple orden de Jesús —el “inexperto”, el carpintero— las redes se llenan tanto que necesitan ayuda de otras barcas. Es tanta la bendición que las embarcaciones apenas pueden sostener el peso.
Y aquí es donde la historia nos sorprende. Porque cuando algo así nos pasa a nosotros —una enfermedad sanada, una puerta que se abre, una necesidad cubierta— lo normal es saltar de alegría. En muchos testimonios que escuchamos, celebramos nuestra fe… pero pocas veces doblamos el corazón.
Pedro sí lo hizo. En vez de celebrar su buena pesca, cae de rodillas. La bendición no lo elevó… lo quebrantó. No lo hizo sentirse autosuficiente… lo llevó a reconocer su necesidad. No lo dejó pensando en peces… sino en la santidad del que estaba en su barca. Y es ahí donde ocurre el verdadero cambio. Porque Jesús no hizo el milagro solo para mostrar poder, sino para mostrar quién es Él… y quién es Pedro delante de Él. Y esa es la obra que puede hacer también en tu vida: Darte un destello de su gloria para abrir el interior de tu corazón.
Señor Jesucristo, no permitas que tus bendiciones nos engrandezcan sino que doblegue nuestros corazones en reconocimiento de tu gran poder. Amén.