3:15-22
ANTES DEL PRIMER MILAGRO
“y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”. Lucas 3:22
¡Qué palabras tan afirmativas para un hijo! Cuando Jesús apenas empieza a aparecer en la escena pública, de pronto se oye la voz de Dios desde lo alto. Lo que parecía un acto sencillo —un bautismo a la orilla del Jordán— se transforma en un momento cósmico. Y lo que el Padre declara acerca de su Hijo es aquello que tantos anhelan escuchar: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.”
¿Se ha fijado que estas palabras llegan antes de que Jesús haya hecho algo que la gente consideraría extraordinario. Todavía no ha realizado un milagro. Todavía no ha pronunciado un sermón memorable. Todavía no tiene discípulos siguiéndole. Y sin embargo, el Padre celestial está complacido con Él. ¿Por qué? Porque su amor no depende de lo que Jesús haga, sino de quién es: su Hijo amado.
Qué contraste tan necesario para nuestros días, en los que el valor personal parece medirse por los logros, los títulos, la apariencia, el éxito o los bienes que poseemos. ¡Qué alivio es saber que Dios no nos mira con la fría exigencia de quien solo ama cuando cumplimos expectativas! Al contrario: el Padre celestial envió a su Hijo para restaurar la relación rota que teníamos con Él, para que también nosotros pudiéramos escuchar en el evangelio: “Eres amado. Eres mío. En ti me deleito”. Ese es el corazón del Padre. Y ese es el descanso que podemos encontrar en Jesús.
Padre, gracias porque tu amor no depende de nuestros logros sino de tu gracia. Recuérdanos cada día que somos tus hijos amados. En el nombre de Jesús, Amén.