Lucas 14:25-33
JESÚS Y LA FAMILIA
“Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Lucas 14:26
A primera vista, estas palabras de Jesús suenan duras. “Aborrecer” a la familia parece una exigencia extrema, casi contraria al amor que Él mismo nos enseña. ¿Cómo puede el Maestro que nos llama a honrar a nuestros padres pedir algo así? Pero Jesús está usando un recurso típico de su cultura: una expresión fuerte para subrayar una verdad profunda. Por eso es útil leer este pasaje a la luz de otro donde Él mismo lo explica con claridad: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37).
Jesús no nos llama a odiar a nuestra familia. Lo que nos está diciendo es que Él debe ocupar el primer lugar en nuestro corazón. En términos de discipulado, Él es nuestra máxima lealtad, el eje que ordena todas nuestras prioridades. Y lo hermoso es que cuando Cristo es primero, la familia no pierde, gana. Cuando amamos a Dios sobre todas las cosas, entonces podemos amar a los nuestros de manera más profunda y más sana.
Ser discípulo no significa desentenderse de la familia, sino conducirla hacia Cristo. Que nuestros hijos conozcan al Señor a través de nuestro testimonio. Que nuestro cónyuge vea que Cristo es nuestra roca. Que nuestros padres y hermanos reconozcan en nosotros una vida guiada por el amor de Dios. Poner a Jesús primero no empobrece nuestras relaciones; las transforma.
Enséñame a amarte más, Señor, poniéndote siempre en primer lugar y ayúdame mostrarle a quienes me rodean que vives en mí para que ellos puedan acercarte a ti. Amén.