Lucas 7:11-17
EL FUNERAL QUE JESÚS INTERRUMPIÓ
“Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores”. Lucas 7:13
La muerte es una de las experiencias más dolorosas que enfrentamos. Nos confronta con nuestra fragilidad y nos arrebata a quienes amamos. Perder a alguien cercano es como sentir que nos arrancan un pedazo del alma. Pero imagina vivir ese dolor dos veces con la misma persona. Imagina despedirte… llorar… sentir el vacío… y luego volver a enfrentar la misma historia. Eso le ocurrió a la viuda de Naín: primero perdió a su esposo, y ahora caminaba detrás del ataúd de su único hijo. No tenía a nadie más.
Y entonces Jesús apareció en el camino quien, al verla, dijo: “No llores”. Palabras que, en cualquier boca humana, sonarían insensibles, pero en labios de Jesús eran una promesa. La viuda no pidió un milagro, pero Jesús la vio. La notó entre la multitud y se conmovió… y tocó lo que nadie se atrevía a tocar: el féretro. La Vida tocó a la muerte… y la muerte retrocedió.
Y eso es lo que Jesús sigue haciendo hoy. Tal vez no estés caminando detrás de un ataúd, pero quizá llevas en tus manos algo que parece muerto: una relación, un ánimo por los suelos, o tu fe, que apenas conserva un pulso. Jesús no solo tiene poder para levantar lo que murió… también tiene compasión para detenerse frente a tu dolor. Él sigue entrando en nuestras ciudades, interrumpiendo nuestros funerales interiores, y decir: “No llores… yo estoy aquí”.
Señor Jesucristo, mira mi dolor y sana aquellas partes afectadas en mi vida. Consuélame en medio de la dificultad y dame la esperanza de una vida eterna a tu lado. Amén.