07 de febrero del 2026
Rut 1:19-20
CUANDO EL DOLOR CAMBIA TU NOMBRE
“Y ella les respondía: No me llaméis Noemí, sino llamadme Mara; porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso”. Rut 1:20
El dolor y la amargura pueden cambiar nuestra forma de ver las cosas. Se impregnan tanto en nosotros que es difícil ver todo lo que está por venir. Cuando Noemí regresó a Belén, estaba tan llena de una profunda amargura por las pérdidas que había sufrido. Ya no quería ser llamada Noemí, que significa “dulzura” o “agradable”. Ahora era Mara, que significa “amargura”. Sus palabras y su nuevo nombre describían a la perfección su profundo sufrimiento y desesperación, pero también, la honestidad con la que enfrentaba su dolor. Y eso, en realidad, tiene mucho que enseñarnos. El dolor y la amargura son parte de la vida. Todos, en algún momento, pasamos por algo así. Lo importante no es negarlo, sino llevarlo ante Dios. Él puede con nuestras preguntas, nuestras lágrimas y hasta con nuestro enojo. Lo que no debemos olvidar es que nuestro valor y nuestra identidad no dependen de lo que perdimos, ni de lo que sentimos, sino de quién es Dios. Él sigue siendo fiel. Él sigue siendo amoroso. Sí, es humano tener cicatrices, y a veces el corazón se amarga. Pero cuando dejamos que Dios entre en medio del dolor, Él comienza a sanar. Empieza a transformar lo que nos duele en algo nuevo, algo hermoso. Así que… lleve su amargura y sus pesares a Dios. Su verdadera identidad está en el amor de un Dios que no cambia… y que siempre puede convertir la amargura en bendición.
Solo Tú conoces nuestros dolores y luchas, Padre, y solo Tú puedes darnos la paz que anhelamos. Sana nuestros corazones y haznos testigos de tu obra redentora. En Jesucristo, Amén.