24 de febrero del 2026
Rut 4:1-4
EL HOMBRE SIN NOMBRE
“Booz subió a la puerta y se sentó allí; y he aquí pasaba aquel pariente de quien Booz había hablado, y le dijo: Eh, fulano, ven acá y siéntate. Y él vino y se sentó.”. Rut 4:1
En la vida hay oportunidades que aparecen sin previo aviso. A veces son puertas abiertas por Dios: un llamado, una relación, un acto de fe que podría cambiarlo todo. Pero no siempre reconocemos lo que está frente a nosotros… hasta que ya es demasiado tarde. En este pasaje aparece un personaje curioso. No tiene nombre. Solo se le conoce como “el pariente más cercano”, o, en palabras de la Biblia, simplemente “fulano”. Sabemos muy poco de él: que era de la familia de Judá, pariente de Booz y Noemí, y que tenía el derecho —y la oportunidad— de redimir sus tierras y casarse con Rut. Pero cuando se le presenta la opción, vacila. Quiere las tierras, sí, pero no a la viuda. No está dispuesto a asumir el compromiso que implicaba la redención. Y así, en un solo acto, renuncia a formar parte de la historia más grande jamás contada. Pudo haber sido parte del linaje de David… y de Jesús. Pero permanece en el anonimato, recordado solo como “el fulano”. Su historia nos deja una gran lección: cuando vivimos movidos por la conveniencia y no por la fe, corremos el riesgo de quedarnos fuera de los planes de Dios. No se trata solo de perder una oportunidad, sino de renunciar al privilegio de ser parte de lo que Dios está haciendo. Booz, en cambio, actuó con fe, amor y responsabilidad. Y Dios usó su obediencia para traer bendición a generaciones.
Dios y Señor, ayúdame a reconocer las oportunidades que tienes para mí. Que mis acciones y decisiones te glorifiquen en todo momento. En tu Hijo amado Jesucristo te lo pido, amén.