Juan 6:16-21
EN LA ESCUELA DE LA TORMENTA
“Cuando ya habían avanzado unos cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús, que se acercaba a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo”.
Juan 6:19
Llegar al lugar de destino no siempre está exento de adversidades. Cuando los discípulos se subieron a la barca para ir a Capernaum no imaginaban la tormenta que les esperaba. Era de noche y Jesús no estaba con ellos. Pero ¿a qué temerle en un lago que ellos habían cruzado tantas veces? Ese es el problema de las tormentas. No importa cuán experto te consideres para navegar, una tormenta pueda desesperar al más hábil marinero.
La vida abundante que Jesús prometió no es sinónimo de ausencia de luchas. El triunfalismo no es lo que distingue a la fe cristiana. La humildad y la sumisión caracterizan mejor el corazón de un discípulo. Los desiertos forman parte de su peregrinaje. Para quien vive en dependencia del Espíritu Santo, esos desiertos son una escuela, no un cementerio. La misma lógica se aplica a las tormentas: son educativas y no definitivas.
¿Qué hace Jesús durante esa tormenta? Él camina sobre el mar. ¡Qué milagro! Las leyes de la física le abren paso, las aguas embravecidas se convierten en un camino recto por el que pasa el Señor. La historia de aquella barca terminaba en naufragio, pero Jesús cambia el libreto. Su presencia transforma a los propios discípulos. “Él les dijo: —¡Soy yo, no tengan miedo!”. El verbo naufragar no encaja con la Palabra Eterna. Los discípulos le subieron a la barca y así llegaron a su destino.
Gracias Señor Jesús, porque aún en nuestras tormentas más grandes, llegas a darnos paz y esperanza. Pongo mi confianza en ti, amén.