Juan 4:46-54
EL FUNERAL PUEDE ESPERAR
“Pero el oficial le dijo: —Señor, ven pronto, antes que mi hijo se muera”.
Juan 4:49
El segundo milagro que Jesús realiza es la curación del hijo de un funcionario del rey. No sabemos qué cargo ocupa este oficial, pero no importa. La Biblia tampoco registra el nombre de la enfermedad, pero sí que se trata de algo muy grave: el hijo está al borde de la muerte. No se sabe cuántos intentos se han hecho para que recupere la salud, pero ahora el padre está ante Cristo, el Hijo de Dios.
Acudir a Jesús significa reconocer que él tiene poder. Suplicarle que actúe significa confiar en su corazón bondadoso. Los milagros los experimenta quien cree firmemente que depender de Dios es la mejor manera de vivir. Depender de Él es saber que todo lo que él hace obra para nuestro bien (Romanos 8:28). Confiar en Él es descansar en su soberanía y sabiduría.
Jesús no tuvo que ir hasta Capernaum para curar al niño; la distancia no impide que su poder divino entre en acción. Él es el autor de la vida y sus palabras son capaces de devolver la existencia. Por eso, Jesús interrumpe a aquel padre desalentado, que pensaba que Jesús debía ir corriendo a su casa: “Vuelve a casa; tu hijo vive” (Jn. 4:50). El hombre creyó en la palabra del Señor y se marchó. La muerte estaba cantando victoria hasta que aquel padre encontró a Jesús. Lo que iba a ser un entierro se convirtió en la hermosa historia del hijo que no murió.
Bendito seas, oh Dios, por enviar a tu Hijo a este mundo, porque a través de su vida, nosotros tenemos vida en su nombre. Gracias porque él venció a la muerte. Por Jesús, amén.