Marcos 10:46-52
EL MAYOR SALTO DE LA HISTORIA
Preparémonos para escuchar a Dios en el lugar que estemos: “…un mendigo ciego llamado Bartimeo, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino”.
Marcos 10:46
Estar sentado al borde del camino no es algo exclusivo del ciego Bartimeo. Muchas personas sin ningún tipo de ceguera permanecen al margen de la vida, carentes de esperanza. Bartimeo era físicamente ciego, pero demuestra tener una excelente visión espiritual. Una cosa era oír que Jesús pasaba por allí, y otra muy distinta reconocerle como aquel que es antes de todas las cosas y en quien todas las cosas subsisten (Colosenses 1:27).
Aquel día, Bartimeo ni siquiera sabía que se despertaría de una manera y se acostaría de otra completamente distinta. Aparte de la ceguera física, él despertó como lo que siempre había sido: un mendigo. Se fue a dormir curado, reanudando la construcción de su vida. Entre el pasado y el futuro de este hombre, Jesús se hizo presente.
El grito: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”, resuena hasta hoy. Si bien no podía llamar la atención de Jesús acercándose a él, sí lo logró con el poder de su voz. No sirvió de nada que la multitud le reprendiera para que se callara; al contrario, empezó a gritar más fuerte. Nadie puede atar los labios de un adorador. A un paracaidista austriaco se le atribuyó el salto más alto de la historia, casi cuarenta mil metros. Es un error. En Jericó se produjo un salto mucho mayor, sin equipo alguno: Bartimeo “dando un salto se acercó a Jesús”. En un instante, dejó de ser ciego.
Gracias, oh Dios, porque has dado a tu Hijo el poder para sanar. No permitas que nuestros labios dejen de alabarte y bendecir tu nombre. En Jesús, amén.