Gálatas 5:22-26
LO QUE SIEMBRAS, COSECHAS
“No seamos orgullosos, ni sembremos rivalidades y envidias entre nosotros”.
Gálatas 5:26
Un cristiano engreído, ¿puede usted imaginarlo? Suena tan incongruente como cuando se habla de un ladrón honesto o un filósofo ignorante. Hasta pudiera pensarse que cualquier advertencia contra el orgullo en la familia de Dios sería innecesaria, pero no es así. En nosotros todavía residen restos de pecado y el orgullo y sus efectos son unos de los más persistentes. Se trata de emociones destructivas tanto para los que nos rodean como para nosotros mismos.
Pero el cristiano no está a la deriva cuando se trata de la lucha contra nuestra vieja naturaleza. Es una lucha cruenta en la que Pablo nos asegura que el viejo yo ha sido crucificado y ya no debe ser la fuente de nuestro comportamiento. En cambio, el fruto del Espíritu debe ser evidente en toda nuestra vida, impregnando nuestras relaciones.
¿Cuál es la mejor manera de evitar la vanagloria y la envidia? El antídoto divino es a través de la obra de su Santo Espíritu en nuestras vidas. En lugar de sembrar rivalidades, el Espíritu produce frutos como “el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad, la humildad y el dominio propio”. ¿Cultiva el fruto del Espíritu, o se aferra a la vanagloria, la ira y la envidia? Dios quiere cultivar estas virtudes en tu vida para que otros sean bendecidos y lo encuentren también a Él.
Señor, ayúdanos a desprendernos de nuestra naturaleza pecaminosa y a aprender a vivir una vida llena del Espíritu. Haz que tu fruto sea evidente en nuestras vidas para que otros puedan ser bendecidos. Amén.