10 de marzo del 2023
Job 27:1-6
¡ESTOY ENOJADO!
“Juro por Dios, por el Todopoderoso, quien se niega a hacerme justicia y me llena de amargura…”Job 27:1,2
Existe la idea de que ser fuerte es no demostrar nuestra tristeza frente a la crisis. Las personas pueden conmoverse ante nuestro dolor, pero no saben qué hacer o decir. A veces todo lo que necesitamos es un simple abrazo, y lo que algunos hacen es hablar demasiado o rehuir nuestra compañía. Algo parecido le ocurrió a Job, un patriarca del Antiguo Testamento. Él era un hombre respetado, poderoso y amado en la sociedad. Pero un día las malas noticias llegaron en cadena a su familia: Una pandilla de asesinos atacó a sus trabajadores y le robaron todo su ganado. Luego, otro grupo de malhechores robó todas sus ovejas, camellos y además acabó con la vida de todos sus siervos. Pero lo peor aún estaba por venir: sus diez hijos murieron. Un gran tornado los atrapó mientras se encontraban reunidos en una fiesta. Y para colmo, después de tantas pérdidas, Job se enfermó, con una sarna insoportable. Los que fueron a consolarle, se sentaron a su lado, pero sus consejos fueron malos; pensaban que Job había hecho algo para merecer ese castigo. Job no tuvo un amigo con quien abrir su corazón. Pero, algo que sí podía era hablar con Dios. Que no te importe lo que puedan decir los demás: cuéntale tu dolor a Él. En los brazos del Señor, puedes llorar sintiéndote acogido y amado. Él te ofrece su consuelo.
Señor, gracias porque tú eres el que me das las lágrimas. Pero eres también quien me consuela. En Jesús, amén.
Las crisis que nos llegan al alma son gigantescas. Presiones externas y temores in- ternos conspiran en nuestra contra sin cesar. Vivimos acosados por amenazas reales y también por amenazas ficticias. La vida no se da sin dolor. Nuestros caminos no están llenos de flores. No pisamos alfombras de terciopelo. Nuestra jornada se da por caminos espinosos. Sangran nuestros pies. Nuestra alma se arquea afligida. Nuestro cuerpo tiembla. Nuestras lágrimas revientan en nuestros ojos. Nos sentimos frágiles e impotentes, a veces, incluso sin fuerzas para seguir. En esos momentos necesitamos consuelo. No el consuelo superficial que viene de la tierra, sino el consuelo robusto que emana del cielo. Esta serie de reflexiones está basada en mi experiencia en el ministerio de consolación. Escribo desde el calor de la batalla, donde la gente llora, sangra y desesperadamente tiene que oír una palabra de esperanza. ¡Lee este devocionario con la sed del alma y recibe, también, un mensaje de consuelo!
Eleny Vassão
Sirve de capellán en un hospital. Es escritora, conferencista, y directora del Consejo Presbiteriano de capellanes.