11 de marzo del 2023
Salmos 32:1-11
¿ME ESTÁ CASTIGANDO DIOS?
“Pues de día y de noche tu mano pesaba sobre mí…”Salmos 32:4
A veces Dios puede llegar a atemorizarnos. Sabemos que no somos perfectos como Él. Pensamos y hacemos cosas malas que le desagradan. Aun conociendo al Señor de modo íntimo y personal, nuestras mentes nos pueden castigar con graves acusaciones. Por esto, en ocasiones tememos que nuestro sufrimiento sea la consecuencia de nuestros pecados. Y es probable que en algunas ocasiones sí lo sea. David, el “amado por Dios”, sintió el peso de su pecado y clamó: “Pues en mí se han clavado tus flechas; ¡tu mano has descargado sobre mí! Por tu enojo debido a mis pecados, todo mi cuerpo está enfermo; ¡no tengo un solo hueso sano! (Salmo 38:2,3). David encontró salud para su alma en la confesión sincera de su pecado. Una de las cualidades de nuestro Señor es la misericordia. Él mira nuestros pecados y se entristece profundamente; no le agrada en absoluto vernos revolcados en la miseria. Entonces, Él hace algo por nosotros, a fin de solucionar nuestro problema por medio de Jesús, pues su placer más grande es tenernos cerca, en una relación de amor y confianza. El apóstol Juan nos apremia: “Pero si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios, que es justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Solo puedo agradecerte Señor, mi Dios, porque al confesarte mi pecado, encuentro tu paz. En el nombre de Jesús, amén.
Las crisis que nos llegan al alma son gigantescas. Presiones externas y temores in- ternos conspiran en nuestra contra sin cesar. Vivimos acosados por amenazas reales y también por amenazas ficticias. La vida no se da sin dolor. Nuestros caminos no están llenos de flores. No pisamos alfombras de terciopelo. Nuestra jornada se da por caminos espinosos. Sangran nuestros pies. Nuestra alma se arquea afligida. Nuestro cuerpo tiembla. Nuestras lágrimas revientan en nuestros ojos. Nos sentimos frágiles e impotentes, a veces, incluso sin fuerzas para seguir. En esos momentos necesitamos consuelo. No el consuelo superficial que viene de la tierra, sino el consuelo robusto que emana del cielo. Esta serie de reflexiones está basada en mi experiencia en el ministerio de consolación. Escribo desde el calor de la batalla, donde la gente llora, sangra y desesperadamente tiene que oír una palabra de esperanza. ¡Lee este devocionario con la sed del alma y recibe, también, un mensaje de consuelo!
Eleny Vassão
Sirve de capellán en un hospital. Es escritora, conferencista, y directora del Consejo Presbiteriano de capellanes.