Marcos 5:21-23, 38-43
¡VEN A MI CASA, JESÚS!
“Y le rogó mucho, diciéndole: Mi hija se está muriendo; ven a poner tus manos sobre ella, para que sane y viva”.
Marcos 5:23
Padres desesperados. ¿Le suena familiar? Muchos padres han tenido que experimentar la desesperación, la angustia, el quebranto de ver a un hijo en peligro de perder la vida. Y se han doblegado al percatarse que muchas veces no hay soluciones simples. ¿Qué hace uno como padre en esas circunstancias? ¿Cómo tomar decisiones que honren al Señor y nos ofrezcan esperanza en medio de un panorama sombrío?
Busque a Jesús. Jairo lo hizo, y lo hizo personalmente. Él demostró que no solo era el principal de la sinagoga, sino también el principal de la familia. Y como cabeza de su hogar, no envió a otra persona a buscar a Jesús. Era la vida de su hija la que estaba en juego, y él no iba a desistir de su búsqueda. Él necesitaba de Jesús porque sabía perfectamente que es el único que tenía el poder para sanar a su hija.
¿Qué hizo Jesús ante la súplica insistente de este padre desesperado? El Señor lo acompañó hasta su casa, aun cuando desde ese momento le dieron la noticia que la hija de este hombre había muerto. Pero Jesús no venía a celebrar un funeral. Él no viene a nuestro hogar para dejar que el llanto y el dolor tengan la última palabra. En el hogar él se queda con los padres, para que, al resucitar a la niña, puedan explicarle por qué él está allí. Y de esa forma, todos podamos entender por qué su presencia es indispensable en todo momento.
Querido Jesús, te doy la bienvenida a mi hogar, y te entrego las llaves para que tú tomes el control. Confío en tu gracia y amor. Amén.