Filipenses 2:1-11
EL MAYOR DESCENSO
“Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz”.
Filipenses 2:8
No ha habido un acto de humildad más grande que el descenso de Cristo desde el pináculo del cielo a la tierra. Aquel que era “igual a Dios” descendió como un pequeño nacido en un establo. El que lleva “el más excelente de todos los nombres” dejó a un lado lo que era suyo “presentándose como un hombre cualquiera”. Pero el descenso de Jesús no terminó el día que vino a vivir entre nosotros. Continuó a lo largo de su vida en la tierra. Toda su vida implicó sufrir por nosotros.
“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto;”; eventualmente, fue “herido por nuestras rebeliones” y “molido por nuestros pecados (Isaías 53:3,5). Aunque no había pecado en él, se hizo “pecado por nosotros” (2 Corintios 5:21). Sí, Jesús “se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ¡hasta la muerte en una cruz!”
Pablo escribe que nuestra actitud debe ser la misma que la de Jesús. No debemos hacer “nada por rivalidad o por orgullo, sino con humildad, y que cada uno considere a los demás como mejores que él mismo”. Como creyentes, no debemos buscar nuestros propios intereses sino “los intereses de los demás”. Tal mansedumbre y humildad es precisamente lo que el Espíritu Santo quiere producir en nosotros diariamente.
¡Dios, Padre nuestro, qué alturas de amor vemos en las profundidades del descenso de Cristo! Gracias porque estuvo dispuesto a humillarse por nuestro bien. En Jesús, Amén.