1 Crónicas 29:10-13
EL REINO, EL PODER Y LA GLORIA
“¡Tuyos son, Señor, la grandeza, el poder, la gloria, el dominio
y la majestad! Porque todo lo que hay en el cielo y en la tierra es tuyo”. 1 Crónicas 29:11
La oración del Señor termina con una doxología. ¿Acaso no es la manera más apropiada para concluir también nuestras propias oraciones, y que lo hagamos con pleno convencimiento? Unas palabras parecidas encontramos en una oración del Rey David en el Antiguo Testamento, aunque esta vez al comienzo de la oración. Sus palabras son majestuosas: “Tuya, Señor, es la grandeza y el poder y la gloria... Tuyo, Señor, es el reino...”.
Podemos darnos cuenta, entonces, que estas palabras resultan un cierre apropiado a la oración que Jesús enseñó. Es más, era una práctica común terminar las oraciones con una doxología, una exaltación al ser más glorioso que existe. Entonces, como otros cristianos a lo largo de los siglos, podemos declarar esta doxología con confianza y alegría cuando llegamos al final del Padre Nuestro.
Estas palabras nos recuerdan la majestad, el poder y la gloria de Dios, nuestro Salvador. Resuenan en nuestros corazones y nos aseguran que Dios nos ama, nos provee, y sostiene el mundo que ha creado. También señalan el día en que el reino de Dios será plenamente conocido y toda la creación se regocijará y alabará su santo nombre para siempre. Y una manera congruente de vivir de acuerdo a esta declaración es no dándole la gloria que él merece a nada ni nadie más.
Te adoramos, Padre, “porque tuyo es el reino y el poder y la gloria por los siglos”. Ayúdanos a vivir de tal manera que nuestras palabras y acciones proclamen quién eres. En Jesús, Amén.