1 Corintios 1:26-31
DIME DE QUÉ PRESUMES…
“Así nadie podrá presumir delante de Dios”.
1 Corintios 1:29
¿Recuerda cuando consiguió su primera estrellita en la frente en el jardín de niños? ¿O la ocasión en que vio su nombre en el cuadro de honor de su generación? Difícil olvidar esa alegría, esa mirada buscando una señal de aprobación, esa sonrisa de satisfacción aflorando en los labios. Y sucede en el niño que nos apunta con su dedo a la frente, como en el general con su uniforme repleto de condecoraciones. Es algo que nos ayuda a desarrollar confianza en nuestras habilidades, pero también puede reforzar una tendencia innata al orgullo.
Este pasaje nos dice algo sorprendente. Dios no escoge a nadie para formar parte de su pueblo por los premios obtenidos, ni por las destrezas especiales que posea. Cuando Él nos llama, nuestra falta de reconocimientos humanos no es un obstáculo para que él derrame su amor sin medida en nosotros. Él no necesita sabios, gente de influencia o de linaje distinguido para formar su iglesia.
Este es un privilegio increíble. ¿Cómo podría un gesto así despertar actitudes de orgullo espiritual cuando todo lo que somos lo debemos a Dios? Que esto a veces suceda nos alerta a estar en guardia contra nuestro anhelo de reconocimiento y aprobación humanos. Dios no nos llamó para enseñarnos qué grandes somos, sino para mostrarnos cuán grande es él. ¡Démosle a Él la gloria!
Gracias, Padre, por llamarme a formar parte de tu pueblo. No permitas que esto me haga sentir ninguna forma de orgullo. Por Jesucristo, amén.