04 de junio del 2021
1 Corintios 1:26-31
DIME DE QUÉ PRESUMES…
“Así nadie podrá presumir delante de Dios”.
1 Corintios 1:29
¿Recuerda cuando consiguió su primera estrellita en la frente en el jardín de niños? ¿O la ocasión en que vio su nombre en el cuadro de honor de su generación? Difícil olvidar esa alegría, esa mirada buscando una señal de aprobación, esa sonrisa de satisfacción aflorando en los labios. Y sucede en el niño que nos apunta con su dedo a la frente, como en el general con su uniforme repleto de condecoraciones. Es algo que nos ayuda a desarrollar confianza en nuestras habilidades, pero también puede reforzar una tendencia innata al orgullo.
Este pasaje nos dice algo sorprendente. Dios no escoge a nadie para formar parte de su pueblo por los premios obtenidos, ni por las destrezas especiales que posea. Cuando Él nos llama, nuestra falta de reconocimientos humanos no es un obstáculo para que él derrame su amor sin medida en nosotros. Él no necesita sabios, gente de influencia o de linaje distinguido para formar su iglesia.
Este es un privilegio increíble. ¿Cómo podría un gesto así despertar actitudes de orgullo espiritual cuando todo lo que somos lo debemos a Dios? Que esto a veces suceda nos alerta a estar en guardia contra nuestro anhelo de reconocimiento y aprobación humanos. Dios no nos llamó para enseñarnos qué grandes somos, sino para mostrarnos cuán grande es él. ¡Démosle a Él la gloria!
Gracias, Padre, por llamarme a formar parte de tu pueblo. No permitas que esto me haga sentir ninguna forma de orgullo. Por Jesucristo, amén.
El camino a la madurez cristiana es una travesía maravillosa. No hay nada que se compare a estar en sintonía con la voluntad de nuestro bondadoso Dios. Su Hijo Jesucristo ha hecho posible el recorrido a través de su muerte en la cruz. Y, por si fuera poco, Dios ha hecho morar su Espíritu en nosotros para guiarnos, fortalecernos y capacitarnos para crecer junto con nuestros hermanos en la fe. Pero tenga cuidado de caer en la tentación de buscar atajos. No se deje seducir por los predicadores que le animan a seguir una meta distinta. La iglesia de Corinto es un ejemplo de los peligros de equi- vocar el camino y la confusión resultante. Gracias a Dios, nuestros errores no tienen la última palabra, y él permitió que el apóstol Pablo atendiera la necesidad pastoral de esta iglesia. De ese modo, la iglesia pudo retomar el camino, y nosotros también podemos hacerlo si nos hemos extraviado.
Huascar de la Cruz
Es casado y tiene cuatro hijos. Ha sido pastor en México por largo tiempo, y en la actualidad funge como el director del Ministerio Reforma.