Hebreos 10:19-25
EL DÍA DEL SEÑOR
“Mantengámonos firmes...en la esperanza de la fe que profesamos... No dejemos de asistir a nuestras reuniones...”
Hebreos 10:23-25
Adorar al Señor en el templo puede parecernos hoy una actividad bastante común, pero no lo ha ido siempre. En los tiempos del Antiguo Testamento pocas personas podían hacerlo, y en el caso del Lugar Santísimo, solo el Sumo Sacerdote podía entrar una vez al año.
Todo esto cambió con la venida de Cristo. Es a través de su sacrificio en la cruz que esa barrera fue eliminada. Dado que ahora podemos entrar a la presencia de Dios a través de la sangre de Jesús, debemos aprovechar y “acercarnos a Dios”. Y debemos también animarnos a hacerlo con regularidad. Adorar a Dios era común desde los primeros días después de la muerte y resurrección de Jesús. Incluso cuando la iglesia se dispersó, los cristianos se reunieron regularmente el primer día de la semana.
La adoración dominical comenzó porque Jesús resucitó el primer día de la semana. También se apareció a sus discípulos ese primer domingo de Pascua y nuevamente el domingo siguiente. Luego, cincuenta días después el Espíritu se derramó el domingo de Pentecostés. La resurrección de Jesús es tan poderosa en la memoria y fundamental para la fe que la adoración judía el día sábado fue reemplazada por el primer día de la semana. Así que, siempre y cuando podamos, reunámonos y adoremos este domingo, y el siguiente, y todos los domingos.
Padre celestial, ayúdanos a apreciar el día de adoración y la libertad con la que podemos congregarnos. En el nombre de Jesús oramos. Amén.