Salmo 16:1-11
LA TUMBA VACÍA
“Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción”. Salmo 16:10
La bondad del Señor es más dulce cuando las experiencias son más amargas. En los momentos en que la adversidad amenaza con abatirnos, su presencia fortalecedora, su cuidado amoroso, y sus bendiciones oportunas refrendan nuestra decisión de seguirle.
Y esa bondad se extiende más allá del fin de nuestros días aquí en la tierra. Aunque David no tenía un conocimiento exacto de la vida más allá de la muerte, él confiaba en que la comunión de Dios con sus hijos es para siempre. Eso le daba la seguridad suficiente para confiar en que el sepulcro no es nuestro destino final. Somos del polvo, volveremos al polvo, pero no nos quedaremos en el polvo.
Siglos después, Jesucristo el Hijo de David, hizo válidas sus palabras. Mientras que el cuerpo de David yace descompuesto en la tumba, sus palabras se cumplen en su descendiente escogido, a quien la muerte no pudo retener. Al contrario, la tumba fue solo la antesala para que su cuerpo experimentara una transformación asombrosa, volviera a la vida y se convirtiera en el primer fruto de la resurrección.
Los creyentes en Jesucristo también tenemos esa esperanza. Y mucha gente en este tiempo necesita escucharla. ¡Qué tranquilidad es partir de este mundo sabiendo que en la presencia del Señor hay plenitud de gozo!
Queremos vivir contigo, Señor, para siempre. Por eso te agradecemos que enviaras a tu Hijo para asegurar que formemos parte de tu familia. En su nombre, Amén.