Lucas 1:46-56
UNA MADRE BIENAVENTURADA
“Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones”
Lucas 1:48
El evangelio de Lucas recoge algunos himnos relacionados con el nacimiento de Cristo. Si los ha leído, se habrá dado cuenta que no son como nuestros villancicos. Son cantos que expresan claramente la gloria a Dios, la confianza en sus promesas, y el carácter de Cristo. Esto es evidente en el primero de estos himnos conocido como el Magnificat, por la palabra con la que comienza en latín: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Lucas 1:46-47).
Estas palabras vienen de los labios de María, la madre del Señor. Las estrofas de su himno celebran la grandeza, misericordia y fidelidad de Dios. Su encuentro con su pariente Elizabeth, quien también había recibido la visita divina, le ha convencido que Dios está actuando por medio de ellas para cumplir las promesas de salvación a su pueblo.
En este sentido María es un ejemplo de buena disposición para servir al Señor. Cuando ella se describe como una “humilde sierva” no lo hace por falsa modestia. Ella reconoce que Dios la ha escogido por gracia, pero es Dios que merece la honra. Pero a veces perdemos de vista el grandísimo privilegio que significó llevar al Hijo de Dios en su vientre. No de balde dice ella que las generaciones le llamarán bienaventurada, y eso la hace objeto de nuestra admiración, aunque no de nuestra devoción.
Señor, gracias por tu misericordia para usar vasos frágiles para llevar a cabo tus propósitos. Permite que nuestra alma siempre esté lista para glorificarte. Por Jesucristo, Amén.