Salmo 89:1-8
DESCENDENCIA REAL
“Juré a David mi siervo, diciendo: Para siempre confirmaré tu descendencia, y edificaré tu trono por todas las generaciones” Salmo 89:3-4
David es más conocido como rey que como siervo. Es más fácil imaginarlo en su trono con su corona y ropas reales, que con un cayado y una túnica de pastor de ovejas. Para muchos, su gran fama se debe a sus grandes hazañas más que a su sumisión a Dios.
Pero este salmo nos ofrece una perspectiva distinta de este gran héroe bíblico. David es, ante todo, como muchos de nosotros, una obra magnífica de la gracia de Dios. La misericordia de Dios estuvo presente tanto en sus actos heroicos como en sus caídas garrafales. Lo que lo destaca por encima de los otros reyes de Israel es su disposición a someterse a Dios como un siervo lo haría ante su rey. Él aceptó con humildad tanto su dolorosa disciplina como sus gloriosas promesas de formar con su descendencia una dinastía permanente.
A mucha gente también le cuesta trabajo identificar en Jesús al heredero legítimo al trono prometido a David. La humildad de su origen y la sencillez de su carácter los confunden, al grado que se sienten tentados a rechazarlo. Sin embargo, unos magos de oriente hicieron un largo y cansado viaje con el fin de conocerle y adorarle. Es irónico que mientras que los magos buscaron al niño, los niños de ahora busquen a los magos. Dispóngase hoy a buscar a Jesús al rey, y a nadie más.
Bendito Dios, gracias por cumplir tus promesas a tu pueblo, y enviarnos a tu Hijo para encontrar en él nuestra satisfacción. Por el amor de Jesús. Amén.