Un origen complicado
“Un día se dijeron unos a otros: Vamos a hacer ladrillos y a cocerlos en el fuego.” Génesis 11:3a
En los orígenes de la humanidad, no había etnias, todas las personas hablaban un mismo idioma y se juntaron en un lugar llamado Sinar, en el valle formado por los ríos Tigris y Éufrates. Allí se nos dice que usaron cierto tipo de tecnología para la construcción de una ciudad. Cocieron ladrillos en vez de piedras y usaron asfalto en vez de mezcla. Haciendo alarde de sus hinchados egos dijeron: “Construyamos una ciudad y una torre que llegue hasta el cielo”. Luego Dios bajó a la ciudad y vio sus intenciones egolátricas, por lo que decidió confundir las lenguas. Esto les forzó a agruparse según el idioma que hablaban dejando la ciudad inconclusa, y llamándole Babel, que significa “confundir” en el idioma hebreo antiguo. No se nos ofrece mayor información, ni mucho menos detalles en cuanto al tamaño de la ciudad o de la torre. Lo que sí podemos ver es esa ambición de poder, acorde al pecado original: ser como Dios. Querer ocupar el lugar de Dios es la peor decisión que el ser humano pueda tomar, ya que eso le hace realizar actos perversos y malvados en detrimento de sus semejantes: segregación, explotación, marginación, etc., actos vergonzosos que Dios, incesantemente nos advierte, es necesario evitar.
Oración: Señor de todas las etnias, perdónanos si hemos querido ser como dioses para anular o destruir a otras personas. Amén.