27 de marzo del 2020
Una necesidad básica
“Pero Pedro le dijo: —No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy…” Hechos 3:6a
Un hombre paralítico, anónimo, y quien con la ayuda de otros lograba sentarse diariamente en una de las entradas bastante visibles del templo para pedir limosna. Pedro y Juan pasaron cerca de él, quien a su vez les pidió dinero; la respuesta de Pedro no se hizo esperar, y fue contundente: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy, en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda…” y así sucedió. Momentos después entraron juntos al templo y este hombre saltaba de alegría alabando a Dios por haber sido sanado. ¡Un marginado por sus propios compatriotas!, quien vulnerado por el sistema económico, político, social y religioso intentaba sobrevivir de la lástima y caridad de las personas que acudían al templo, considerado un maldito, una carga, una no persona. Esta reivindicación por parte de Dios nos pone en evidencia que tanto en ese tiempo como hoy se continúa viendo a las personas con discapacidad como prescindibles. Se les aísla y justifica una especie de apartheid social y en la que no muy pocas veces se les utiliza como objetos de lástima con fines económicos. En el caso de este hombre, la necesidad de salud fue solventada, restaurando así su relación en todas las esferas de la vida, y se le trató desde un inicio como persona.
Oración: Señor, danos la suficiente sensibilidad de tal forma que veamos y tratemos con humanidad a las personas con discapacidad. Amén.