Esperanza ante la opresión
“En aquel tiempo juzgaba a Israel una profetisa llamada Débora, esposa de Lapidot.” Jueces 4
Israel fue oprimido por el rey cananeo Jabín durante veinte años, junto a Sísara, jefe de su ejército. Para entonces juzgaba a Israel una profetisa llamada Débora. Ella acostumbraba sentarse bajo una palmera que estaba en los montes de Efraín entre Ramá y Betel, donde los israelitas iban para resolver sus problemas. En cierta ocasión Débora mandó llamar a Barac que vivía en Quedes de Neftalí a quien le dijo: El Dios de Israel te ordena que vayas al monte Tabor y reúne allí a diez mil hombres de las tribus de Neftalí y Zabulón. Yo voy a hacer que Sísara venga al arroyo de Quisón para atacarte, pero lo voy a entregar en tus manos… Barac contestó: iré si tú vienes conmigo, si tú no vienes yo no iré; Débora respondió: iré contigo, sólo que la gloria de esta victoria no será para ti, porque el Señor entregará a Sísara en manos de una mujer y así pasó con Jael… La supremacía étnica se manifiesta aquí de forma brutal, ¡pero es bueno saber que ningún ser humano o grupo de seres humanos tienen el derecho de anular a otros! Que Dios haya socorrido a su pueblo, nos muestra que ningún etnocentrismo es válido ante los ojos de un Dios que aborrece la opresión de un ser humano sobre otro. Por lo cual somos llamados a erradicar de nuestras vidas, familias, comunidades, países y mundo esas conductas vergonzosas.
Oración: Bendito Salvador de tu pueblo oprimido, ayúdanos a ver como tú ves a todos los seres humanos. Amén.