07 de noviembre del 2019
Juan 8:1-11
El Jesús que absuelve
“[Jesús] se enderezó y le preguntó: Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?”
Juan 8:10
Jesús estaba enseñando cuando le presentaron a una mujer, a la que habían sorprendido cometiendo adulterio. La pusieron en medio de todos los presentes y dijeron a Jesús: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de cometer adulterio. En la ley, Moisés nos ordenó que se matara a pedradas a esta clase de mujeres. ¿Tú qué dices?”
Observa la maldad del corazón humano. En vez de estar descansando con sus familias, los maestros de la Ley y los fariseos se dispusieron a acechar la vida de una mujer para condenarla. Jesús no sólo los colocó en su debido lugar, también absolvió a la mujer de sus pecados.
Parece que aún no comprendemos que Jesús vino a llamar a los pecadores. “Porque no he venido para llamar a los justos, sino a los pecadores, al arrepentimiento” (Mateo 9:13). Cuando miras los pecados de otros, estás haciendo igual al enemigo de Jesús. El cristiano debe amar y restaurar a los pecadores.
Jesús no nos condena, pero el diálogo final con aquella mujer es emblemático: “Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? Ella le contestó: Ninguno, Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno; ahora, vete y no vuelvas a pecar.”
Jesús no condena al pecador, pero al pecado sí, porqué es el pecado que nos aleja del Señor.
Gracias, Jesús, porque no miras a las personas de la misma forma que lo hacen los seres humanos. Amén.