Salmo 22
EN EL FONDO DEL POZO
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, ¿por qué no vienes a salvarme?, ¿por qué no atiendes a mis lamentos?”Salmo 22:1
Esta pregunta fue hecha por Jesús en la cruz. En el Antiguo Testamento se ven los altos y bajos del pueblo de Dios. Desobediencia y rebeldía con todas sus consecuencias. En los Salmos el ser humano derrama su corazón ante Dios con todo lo que siente: impotencia, desánimo, miedo, ira, frustración, desprecio, alegría, paz, contentamiento, victoria. Una gama de emociones. Sí, tenemos y tendremos aflicciones, sufrimientos, conflictos en esta vida. Es natural preguntar: ¿por qué? Negar no resuelve nada. Perplejidad ante los misterios de la caminata humana. Dios nos da la libertad de dialogar, preguntar y expresar lo que sentimos.El Salmo 22 da detalles del sufrimiento del salmista. Jesús se identifica con él. Sin respuestas totalmente satisfactorias. Sin embargo, el sufrimiento no sacude su confianza en Dios. No silencia su oración. Desaliento, sí. Desesperación, no. “Dios mío, día y noche te llamo, y no respondes; ¡no hay descanso para mí! Pero tú eres santo… Señor, que eres mi fuerza, ¡no te alejes!, ¡ven pronto en mi ayuda!... ¡Él oye cuando le piden ayuda!... alabaré tu fidelidad.” ¡Este salmo que comienza con suspiros y desánimo termina con testimonio y alabanza! En medio del sufrimiento, una fe inquebrantable siempre ve la luz de Dios al final del túnel.
Ante los misterios de la caminata humana, Dios nos da la libertad de dialogar, preguntar y expresar lo que sentimos. Gracias por la libertad que trae la salvación.