Mateo 4:18-22
RESPETANDO LAS DIFERENCIAS
“Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores”. Mateo 4:18
No hay nadie igual a usted. No hay nadie igual a su hijo. No hay nadie que piense, sienta y reaccione exactamente como él. Jesús lo entendía perfectamente. Un día miró a dos hermanos: Pedro y Andrés. Crecieron en la misma casa, aprendieron el mismo oficio, y, sin embargo, eran distintos. Pedro era impulsivo, valiente, dispuesto a bajarse de la barca y caminar sobre el agua (Mateo 14:27–32). Andrés era más silencioso, observador, el que sabía señalar con precisión: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces” (Juan 6:8–9). Jesús no intentó convertir a Andrés en Pedro. Ni le pidió a Pedro que dejara de ser Pedro. Los llamó a ambos. Los formó a ambos. Los usó a ambos.
El Señor no uniforma; transforma. No borra la personalidad; la redime. A veces, como padres, queremos hijos “a nuestra imagen”. Nos incomoda el que es más sensible. Nos desespera el que pregunta demasiado. Nos inquieta el que no reacciona como nosotros reaccionaríamos. Pero Dios no nos entregó copias. Nos confió personas. Cuando respetamos las diferencias, ayudamos a nuestros hijos a descubrir el diseño único que Dios puso en ellos. Y cuando eso ocurre, no solo crecen personas más seguras, crecen discípulos más firmes. Porque el propósito no es que nuestros hijos sean como nosotros. Es que sean como Cristo — con la personalidad que Él les dio.
Señor Jesús, muéstranos cómo convivir aún con nuestras diferencias y las de nuestros hijos en los buenos y malos tiempos. Con humildad te lo pedimos, Amén.