Salmo 130:7-8
EL SEÑOR, EL REDENTOR DEL PUEBLO
“Y él redimirá a Israel De todos sus pecados”. Salmo 130:8
La salvación es obra de Dios. De todos los dones que Él concede, la redención es el más precioso, porque sus consecuencias alcanzan la eternidad. Jesús mismo lo expresó en esta pregunta: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mateo 16:26). Muchos pasan la vida corriendo tras tesoros que brillan por un momento, pero que no pueden acompañarlos cuando llegue el día de la muerte. El oro más brillante no puede comprar la paz del alma ni abrir las puertas del cielo.
Por eso el salmista dirige nuestra mirada hacia algo mucho más grande. Dice con confianza: “En Jehová hay misericordia, y abundante redención con él” (Salmo 130:7). Esa palabra, redención, habla de rescate. Habla de alguien que paga el precio para liberar a otro. Y el salmista reconoce que ese rescate no nace del esfuerzo humano, sino del corazón misericordioso de Dios.
El Dios que prometió redimir a Israel de todas sus iniquidades es el mismo que hoy ofrece perdón y salvación a todo aquel que confía en Él. Por eso el apóstol Pedro declaró con absoluta claridad: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Ese nombre es Jesucristo. Él es el camino que nos lleva al Padre. Solo en Él encontramos la redención que el salmista proclamó: una redención abundante, suficiente y eterna.
Señor Jesús, gracias por redimirnos del pecado y traernos al Padre. Te alabamos por tu sacrificio que trajo vida y redención en abundancia. Amén.