Hechos 9:1-19
EL HERMANO SAULO
“Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús… me ha enviado…” Hechos 9:17
“El hermano Saulo”. Qué expresión tan sorprendente. Hasta hace unos días, su nombre causaba miedo entre los creyentes. Era el perseguidor de la iglesia, el azote de los cristianos, el fariseo más celoso de su tiempo. Salió rumbo a Damasco con la intención de destruir la fe, pero llegó allí para rendirse al Señor de esa fe. El hombre que iba armado con órdenes de arresto ahora espera humildemente las instrucciones de Cristo.
Qué cambio tan radical… qué muestra tan clara del poder del evangelio para transformar al primero de los pecadores en el primero de los siervos. Y en medio de esa transformación, aparece un detalle hermoso: “Él ora”. Esa es la única señal que Dios le da a Ananías —el discípulo que debía ir a recibir a Saulo. No una visión espectacular, no una lista de credenciales, no una promesa de grandeza… solo esto: “Él ora”.
Y con eso basta. Porque cuando un corazón realmente ha sido alcanzado por Cristo, la primera evidencia es la oración. Así comienza toda vida cristiana auténtica: de rodillas. Antes de predicar, antes de servir, antes de avanzar, el creyente ora. La oración no fue para Pablo una actividad más, sino la señal de una relación viva con su Señor. Y si hoy Jesús hablara de nosotros, ¿podría decir lo mismo? ¿Podría presentarnos con esas simples, pero poderosas palabras: “Él ora… ella ora”?
Te agradezco, Señor, por tener un lugar para nosotros en tu reino. Y te ruego que nos ayudes a apartar un tiempo para la comunión contigo en oración. En el nombre de Jesús, amén.