Isaías 12:1-5
LA PAZ QUE NO SE ACABA
“En ese tiempo dirás: «Te doy gracias, Señor, porque aunque estuviste enojado conmigo, tu ira ya pasó y me has devuelto la paz”. Isaías 12:1
Si va al supermercado estos días, el espectáculo es el mismo dondequiera que mire. Los estantes navideños empiezan a vaciarse. Los árboles artificiales, las luces y los envoltorios de regalo comienzan a ceder su espacio a agendas, artículos escolares y adelantos del Día de San Valentín. Y con ese cambio visual viene también un cambio emocional. Los días después de Navidad suelen sentirse como un descenso: la emoción baja, el bullicio termina, y volvemos a la rutina. Pero hay algo que no desaparece con las decoraciones: la paz que Cristo vino a traer.
Isaías nos regala un canto que no nace del orgullo, sino del asombro: “aunque estuviste enojado conmigo, tu ira ya pasó.” Es una confesión sincera. Sí, merecíamos juicio, pero ahora hay reconciliación. ¿Cómo fue posible? Porque alguien tomó nuestro lugar. Alguien pagó el precio para que podamos estar en paz con Dios.
Esa es la verdadera razón de la Navidad. No fue simplemente el nacimiento de un niño, sino la llegada del Salvador, del que vino a restaurar lo que estaba roto. Él no trajo una paz decorativa ni superficial. Trajo la paz con Dios: la más profunda, la más necesaria. Por eso, incluso cuando las fiestas se acaban, podemos beber con alegría de la fuente de la salvación. (v.3). Las fuentes no se han secado. Cristo sigue siendo el manantial que sacia el alma.
Bendito Dios, gracias porque tu enojo no duró para siempre. Gracias por Jesucristo, quien hizo posible la paz entre tú y nosotros. En su nombre oramos, amén.