Salmo 3:1-8
DIOS ES NUESTRO ESCUDO
“Pero tú, Señor, eres mi escudo protector, eres mi gloria, eres quien me reanima”.
Salmo 3:3 (RVR60)
Hay ocasiones en que los problemas vienen de donde uno menos lo espera. Un pariente cercano, un amigo de toda la vida o un hermano de la iglesia puede actuar repentinamente de manera desleal y traicionera hacia ti, y dejarte confundido. El salmista David sabía lo que esto significa. Sus adversarios se habían multiplicado, pero lo que más le dolía es que también su propio hijo había conspirado contra él y le había hecho huir del palacio.
¿Qué hace David mientras se pone a salvo de la traición de su hijo? Él compone este salmo que ha inspirado la fe de muchos creyentes. A través de estos versos podemos entender mejor cómo Dios actúa en nuestras vidas en tiempos de dificultad y cómo su presencia nos transforma. En los tiempos bíblicos, un escudo era una defensa vital en la batalla, protegiendo al guerrero de los ataques enemigos. Por eso, Dios es para sus hijos un escudo que los rodea y protege de los peligros y adversidades de la vida.
David también llama a Dios su “gloria”, lo que revela cuál es la fuente de su dignidad y honor. Con su dignidad como rey pisoteada, él encuentra valor en el Dios que nunca lo abandona. Cuando enfrentamos derrotas, fracasos o humillaciones, es fácil sentirnos abatidos. Sin embargo, Dios es quien nos restaura, nos levanta y nos da una nueva perspectiva. Él nos infunde esperanza y valor para seguir adelante.
Gracias, Dios, por ser mi protector, porque me levantas en tiempos de desánimo, vergüenza o dificultad. En el nombre de Jesús, amén.