Lucas 6:27-36
APRENDIENDO A SANAR
“Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen…” Lucas
Hay canciones que repetimos sin poder evitarlo. Algo parecido ocurre con ciertas heridas: volvemos a ellas continuamente, como una pista que nunca termina. Cada repetición revive el dolor, alimenta la amargura y sin darse cuenta, se convierten en prisioneras de esos recuerdos. Soltar ese pasado no siempre es fácil, porque a veces la amargura se convierte en una forma silenciosa de aferrarse a la justicia o incluso de “venganza”. Pero lo cierto es que ese peso no solo hiere el corazón, también contamina nuestras relaciones y nos roba la paz.
La amargura nunca construye, solo desgasta. Echa raíces profundas y de ella brotan actitudes que dañan tanto a quien la lleva como a quienes están alrededor. Aunque parezca que nos da fuerza o motivo para seguir, en realidad nos mantiene atados al dolor. Vivir así es permanecer conectados a la herida, sin permitir que sane. Y tarde o temprano, ese estado termina afectando toda nuestra vida.
Jesús nos propone un camino diferente, uno que desafía nuestra lógica: orar por quienes nos han herido y bendecirlos. No es algo fácil ni natural, pero es profundamente transformador. Cuando comenzamos a ver al otro desde la gracia, el corazón empieza a ser liberado. No significa justificar el daño, sino soltar el control y permitir que Dios sane lo que nosotros no podemos. En ese proceso, la amargura pierde su fuerza, y en su lugar nace una libertad que solo el amor de Dios puede producir.
Padre celestial, Jesús oró por aquellos que lo ejecutaban y venció la amargura que atentaba su alma. Ayúdanos a seguir su ejemplo en nuestras vidas. En su nombre oramos. Amén.