Apocalipsis 4:1-11
VIDA REVERENTE
“Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir”.
Hay momentos en los que la creación nos deja sin palabras. Un atardecer desde la costa, el silencio de una montaña al amanecer, el cielo lleno de estrellas en un lugar sin luz artificial. En esos momentos, sin que nadie lo induzca, el corazón se inclina naturalmente en reverencia. La grandeza de lo que vemos nos recuerda, sin palabras, que hay alguien mucho más grande que nosotros.
Lo que Juan vio en Apocalipsis 4 no es solo una visión del cielo; es la realidad más verdadera que existe. Toda la creación, los seres vivientes, los ancianos, todos unidos en una sola dirección: reconocer quién es Dios. “Santo, Santo, Santo”. No como rutina religiosa, sino como respuesta inevitable ante su grandeza. Lo que experimentamos frente a un atardecer o un cielo estrellado es apenas un eco de esa realidad eterna.
Pero esta experiencia no está reservada solo para lugares lejanos o momentos extraordinarios. Para quienes conocen a Jesús, la reverencia puede vivirse hoy. Cada vez que adoramos, cada vez que reconocemos su grandeza en medio de lo cotidiano, participamos de esa realidad eterna. La iglesia, al alabar, anticipa lo que un día será pleno. Así, aun en lo sencillo, nuestro corazón puede aprender a vivir asombrado, reconociendo que estamos delante de un Dios santo, cercano y digno de toda adoración.
Gracias, Señor, porque en alabanza, podemos unirnos y ser un solo cuerpo, tu iglesia. Muéstranos tu gloria y tu gracia al bendecir tu nombre. En Cristo Jesús, oramos. Amén.