Juan 4:1-42
EL PODER DE SENTARSE Y ESCUCHAR
“En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?”. Juan 4:27
En el diario de un adolescente —encontrado demasiado tarde— había una frase estremecedora: “Hoy será el día”. Había decidido quitarse la vida. No porque no fuera amado, sino porque sentía que había fallado… y que en su casa no había espacio para hablar del fracaso. Su padre, un médico respetado y brillante, le había enseñado que el error no tenía cabida. Y cuando el joven tropezó, creyó que había perdido también el derecho a dialogar.
Pero Jesús hace exactamente lo contrario. En Juan 4, el Maestro se sienta junto al pozo y conversa. No predica un sermón desde lejos. No señala primero el pecado. No humilla. Dialoga. Es que Jesús sabía algo que nosotros olvidamos: el diálogo abre la puerta donde la condena la cierra. Cuando le dice: “Ve, llama a tu marido”, no la está exhibiendo; la está invitando a traer su realidad completa a la conversación. Jesús no teme hablar de lo difícil. Tampoco teme escuchar.
A veces los hijos no huyen por rebeldía. Huyen por miedo. Miedo a decepcionarnos. Miedo a nuestras reacciones. Miedo a que el error los defina para siempre. Un hogar sin diálogo se llena de suposiciones. Un hogar con diálogo se llena de esperanza. Quizá hoy no necesitamos más reglas en casa. Quizá necesitamos más conversación. Porque cuando el silencio mata por dentro, el diálogo —a la manera de Cristo— puede devolver la vida.
Señor Dios y Padre, queremos resolver nuestras cuestiones personales por medio del diálogo y tenerte como nuestro mediador y consejero. Oramos en nombre de Jesucristo tu Hijo. Amén.