07 de marzo del 2023
Salmos 142:1-7
MEDICINA PARA EL ALMA
“Sácame de mi prisión para que pueda yo alabarte. Los hombres honrados me rodearán cuando me hayas tratado bien”. Salmos 142:7
En aquel cuarto del hospital había dos pacientes con la misma enfermedad. Se esperaba que, ante una misma pregunta, respondieran de la misma manera o, al menos, no tan dispares. Pero ¡vaya sorpresa que me llevé! Les pregunté: “¿Cómo están?” El primero, con los ojos sin ningún brillo y con voz amargada dijo: “¡Estoy en una prisión!”. Al darme vuelta hacia el otro oí una respuesta muy distinta: “¡Y yo, estoy en el paraíso y quiero contarle quien convirtió mi prisión en un paraíso!” ¿Se ha encontrado con personas así, que enfrentan la misma pena con actitudes distintas? En el caso anterior, la situación era similar, aunque las experiencias de la vida eran distintas: el primero iba solo, sin Dios, cargado de culpas y aterrado frente a la muerte. El otro, encontró en Jesús el perdón de sus pecados, la paz con Dios y la seguridad de la vida eterna. Como resultado de ese encuentro, su alma fue librada de las cadenas, y ahora podía darle gracias a Dios por su misericordia y amor, en medio de su aflicción. No son las circunstancias de la vida o las personas las que aprisionan nuestra alma. Es no tener a Jesús en la vida. Con Él, aun las situaciones más difíciles y dolorosas se hacen soportables y amenas, pues Él está con nosotros, y su presencia es suficiente.
Padre, que bueno saber que, incluso en los momentos más amargos, puedo sentir tu paz, porque estás conmigo. En el nombre de Jesús, amén.
Las crisis que nos llegan al alma son gigantescas. Presiones externas y temores in- ternos conspiran en nuestra contra sin cesar. Vivimos acosados por amenazas reales y también por amenazas ficticias. La vida no se da sin dolor. Nuestros caminos no están llenos de flores. No pisamos alfombras de terciopelo. Nuestra jornada se da por caminos espinosos. Sangran nuestros pies. Nuestra alma se arquea afligida. Nuestro cuerpo tiembla. Nuestras lágrimas revientan en nuestros ojos. Nos sentimos frágiles e impotentes, a veces, incluso sin fuerzas para seguir. En esos momentos necesitamos consuelo. No el consuelo superficial que viene de la tierra, sino el consuelo robusto que emana del cielo. Esta serie de reflexiones está basada en mi experiencia en el ministerio de consolación. Escribo desde el calor de la batalla, donde la gente llora, sangra y desesperadamente tiene que oír una palabra de esperanza. ¡Lee este devocionario con la sed del alma y recibe, también, un mensaje de consuelo!
Eleny Vassão
Sirve de capellán en un hospital. Es escritora, conferencista, y directora del Consejo Presbiteriano de capellanes.