Salmos 142:1-7
MEDICINA PARA EL ALMA
“Sácame de mi prisión para que pueda yo alabarte. Los hombres honrados me rodearán cuando me hayas tratado bien”. Salmos 142:7
En aquel cuarto del hospital había dos pacientes con la misma enfermedad. Se esperaba que, ante una misma pregunta, respondieran de la misma manera o, al menos, no tan dispares. Pero ¡vaya sorpresa que me llevé! Les pregunté: “¿Cómo están?” El primero, con los ojos sin ningún brillo y con voz amargada dijo: “¡Estoy en una prisión!”. Al darme vuelta hacia el otro oí una respuesta muy distinta: “¡Y yo, estoy en el paraíso y quiero contarle quien convirtió mi prisión en un paraíso!”
¿Se ha encontrado con personas así, que enfrentan la misma pena con actitudes distintas? En el caso anterior, la situación era similar, aunque las experiencias de la vida eran distintas: el primero iba solo, sin Dios, cargado de culpas y aterrado frente a la muerte. El otro, encontró en Jesús el perdón de sus pecados, la paz con Dios y la seguridad de la vida eterna. Como resultado de ese encuentro, su alma fue librada de las cadenas, y ahora podía darle gracias a Dios por su misericordia y amor, en medio de su aflicción.
No son las circunstancias de la vida o las personas las que aprisionan nuestra alma. Es no tener a Jesús en la vida. Con Él, aun las situaciones más difíciles y dolorosas se hacen soportables y amenas, pues Él está con nosotros, y su presencia es suficiente.
Padre, que bueno saber que, incluso en los momentos más amargos, puedo sentir tu paz, porque estás conmigo. En el nombre de Jesús, amén.