05 de marzo del 2023
Isaías 41:1-10
¡TENGO MIEDO!
“No tengas miedo, pues yo estoy contigo; no temas, pues yo soy tu Dios…”Isaías 41:10
Aquella madrugada fue más fría que cualquier otra que la joven esposa pudiera recordar. Su esposo había fallecido de un infarto fulminante y la había dejado sola, con cuatro hijos pequeños que criar. Todo le daba miedo. No era capaz ni siquiera de pensar en cómo dar un paso más. Todo parecía tan sombrío que le aterraba pensar siquiera qué pasaría mañana. ¿Cómo podía enfrentar un desafío tan grande? ¿De qué manera podría mantener a su familia? La carga era muy pesada para sus hombros. Sin embargo, fue el Espíritu del Señor quien trajo bálsamo al dolor de su alma al recordarle este versículo: “No tengas miedo, pues yo estoy contigo…” La seguridad de que era el Señor el que hablaba a su corazón, reafirmando su fidelidad, cuidado y poder hacia su vida, le permitió dormir en paz. Ya no estaba sola. El Señor sería un padre para sus hijos huérfanos, como Él mismo prometió en su Palabra. El miedo, entonces, desapareció. El buen pastor conoce las necesidades que enfrentaríamos, y Él mismo las suple conforme a sus gloriosas riquezas en Cristo Jesús (Fil.4:19). Así lo ha hecho cada día y así lo hace con todos los que esperan en Él. Por esto, junto al apóstol Pablo y los creyentes de Filipos, podemos decir: ¡Gloria para siempre a nuestro Dios y Padre! Amén (Fil. 4:20).
Padre, es tan bueno descansar en ti, sabiendo que tú cuidas de mí y de mis seres queridos, y por eso, nada nos faltará. En Jesús, amén.
Las crisis que nos llegan al alma son gigantescas. Presiones externas y temores in- ternos conspiran en nuestra contra sin cesar. Vivimos acosados por amenazas reales y también por amenazas ficticias. La vida no se da sin dolor. Nuestros caminos no están llenos de flores. No pisamos alfombras de terciopelo. Nuestra jornada se da por caminos espinosos. Sangran nuestros pies. Nuestra alma se arquea afligida. Nuestro cuerpo tiembla. Nuestras lágrimas revientan en nuestros ojos. Nos sentimos frágiles e impotentes, a veces, incluso sin fuerzas para seguir. En esos momentos necesitamos consuelo. No el consuelo superficial que viene de la tierra, sino el consuelo robusto que emana del cielo. Esta serie de reflexiones está basada en mi experiencia en el ministerio de consolación. Escribo desde el calor de la batalla, donde la gente llora, sangra y desesperadamente tiene que oír una palabra de esperanza. ¡Lee este devocionario con la sed del alma y recibe, también, un mensaje de consuelo!
Eleny Vassão
Sirve de capellán en un hospital. Es escritora, conferencista, y directora del Consejo Presbiteriano de capellanes.