30 de marzo del 2023
Salmos 27:1-14
DIOS NO TE OLVIDARÁ
“Aunque mi padre y mi madre me abandonen, tú, Señor, te harás cargo de mí”. Salmos 27:10
El dolor del abandono es cruel. Duele en el alma y hiere el corazón. Hay mucha gente que no supera el trauma de haber sido rechazada desde el vientre. Están los que nunca se sintieron amados por sus padres. Otros sufren porque fueron traicionados y abandonados por el cónyuge. Hay padres que son abandonados por sus hijos y enviados a un asilo. Hay amigos que se retiran cuando la crisis llega a tu puerta. No es fácil vivir el abandono. El apóstol Pablo fue abandonado en una celda subterránea romana, y en su primera defensa, nadie se puso en favor suyo. Jesús fue abandonado en el Jardín de Getsemaní y todos sus discípulos huyeron. Puede que tu familia te abandone. Puede que tus amigos te den la espalda, pero Dios jamás te abandona. Aunque tu padre y tu madre te desamparen, Dios te acogerá en sus brazos eternos. ¿No le llena de ánimo esta promesa del Señor? Es posible que una madre olvide a sus hijos, pero Dios jamás olvida a los suyos. Cuando te sientas solo, recuerda que Dios está a tu lado. Cuando pases por el valle de la sombra de la muerte, comprende que el divino Pastor bajará a ese valle contigo, para ser tu refugio. Al saber esto, podemos unirnos al salmista y decir: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿de quién podré tener miedo? El Señor defiende mi vida, ¿a quién habré de temer?” (Sal.27:1).
Oh Dios, te doy gracias, porque tu presencia me alienta. En tus brazos encuentro refugio seguro. En el nombre de Jesús, amén.
Las crisis que nos llegan al alma son gigantescas. Presiones externas y temores in- ternos conspiran en nuestra contra sin cesar. Vivimos acosados por amenazas reales y también por amenazas ficticias. La vida no se da sin dolor. Nuestros caminos no están llenos de flores. No pisamos alfombras de terciopelo. Nuestra jornada se da por caminos espinosos. Sangran nuestros pies. Nuestra alma se arquea afligida. Nuestro cuerpo tiembla. Nuestras lágrimas revientan en nuestros ojos. Nos sentimos frágiles e impotentes, a veces, incluso sin fuerzas para seguir. En esos momentos necesitamos consuelo. No el consuelo superficial que viene de la tierra, sino el consuelo robusto que emana del cielo. Esta serie de reflexiones está basada en mi experiencia en el ministerio de consolación. Escribo desde el calor de la batalla, donde la gente llora, sangra y desesperadamente tiene que oír una palabra de esperanza. ¡Lee este devocionario con la sed del alma y recibe, también, un mensaje de consuelo!
Eleny Vassão
Sirve de capellán en un hospital. Es escritora, conferencista, y directora del Consejo Presbiteriano de capellanes.